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Mr. Paciencia, la madre de toda la Ciencia

Estudios.

Hace bastantes años mi padre me recomendó que no perdiera el tiempo con estudios de psicología y similares a los que yo me queria apuntar por algún impulso juvenil no diagnosticado. Tajante me dijo que tenía que dedicar mi esfuerzo a carreras más provechosas (donde fuí a parar ya lo contaré).

Le hice caso porque era quien pagaba mis estudios. No es que ahora me arrepienta o tenga nostalgia de no haber estudiado piscología, es más, creo que la practico más que si realmente me hubiera licenciado en esas ciencias de aire argentino y dulzón.

Lo que no alcanzo a descifrar, a pesar de mis esfuerzos, y a pesar de poner en práctica todas las técnicas que conozco, es porqué leche publican más de 700 páginas del manual de usuario del Word si precisamente lo que buscas (la cosa más tonta del mundo) o no te la explica el manual (porque se supone que es fácil y si no la sabes pareces un gilipollas) o se hace harto difícil encontrarla entre palabrejas de significado tan sutil como poco esclarecedor del tipo: “macro”, “herramientas” y “campos”.

Ese manual de usuario y yo no nos llevamos nada bien, por lo que acabo utilizando la ayuda del programa. ¿Pero porqué me pide el programa si quiero convertir o utilizar el idioma sutu y el sindhi?, será cabrón, a ver si cojo la barra de las herramientas y le doy en todo el portapapeles sin formato ni plantilla alguna.

Una conclusión.

Siempre había pensado que era importante tener dinero y observando a la gente que realmente lo tiene, sólo conozco dos formas de hacerlo, una de ellas es heredar y la otra es delinquir. Como no estaba en ninguna de esas situaciones pensé que debía dedicar casi todo mi tiempo a trabajar.

Sin embargo, tanto tiempo dedicado al trabajo te impide disfrutar de tiempo para tí y para tu entorno. Ante esa penosa perspectiva llegué a la conclusión que en esta vida si no tienes dinero tienes que tener tiempo, si ambos te faltan estás realmente jodido. 

Esto no me lo esperaba.

Nadie me había avisado. Ni mi familia, ni mis amigos, ni tan siquiera aquellos profesores que parecían estar al corriente de todo. Pasé por la Universidad y ni por esas. Pero llegó un momento en que todo aquello que no entendía tomaba sentido. Me puse a pensar un poco (muy poco) y advertí al igual que Descartes que había llegado a una solución magistral para mi propio reconocimiento. La solución era relativamente simple: hay que tener la paciencia de un santo y un par de pelotas para sortear a la gente, sobre todo cuando visitas Ikea un sábado por la tarde.